Así Escribo

Titila el cursor, la pantalla permanece alba, inmune, silenciosa. No habla, no canta, no baila. Celosa, distante, retiene ilusiones, guarda pensamientos, esconde sentires. Quitar ese manto blanco, desnudar el contorno de cada letra, resaltar el negro tinta de las palabras, romper el silencio del papel, pensar en voz alta buscando un eco amigo, tareas propias del escritor. En eso ando, en eso existo, en eso estoy.

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Location: Villa Ballester, Buenos Aires, Argentina

Compartir, desnudar el corazón y mostrar el alma, ofrecerse, pensar o reflexionar. Ser, nadie en especial, y especial para quien de este modo lo sienta.

Tuesday, October 10, 2006

El Triángulo

Atiborrados, esto se parece más a una plataforma de micros en vacaciones de invierno que a un aeropuerto internacional. Y no sólo por la cantidad de pasajeros en esta minúscula sala Cuatro, sino además por las bajas temperaturas de este mayo, una buena muestra del frío de las próximas semanas. El año pasado, en agosto, los treinta grados centígrados de promedio dejaron mi ropa de abrigo arrugándose en la valija. Esta noche, cuando más necesito lanita, mis prendas de invierno duermen en casa. Para peores, mi cuello redondo preferido tiene una visible mancha, recuerdo de la cena de ayer en ese lujoso restaurante orgánico. Una mancha grande, pero sana. Vergüenza o frío, vergüenza.

Jamás programarían un vuelo a Europa desde acá. Las puertas Cuatro A, Cuatro B y Cuatro C, están en el subsuelo y ocupan la misma superficie que la perfumada, espaciosa y cómoda puerta dos. Efectivamente, desde allí sale un vuelo a Madrid. Si algún europeo se equivocara y descendiera por las escaleras mecánicas, que hoy tampoco funcionan, se encontraría con todos nosotros, los encapsulados pasajeros a Buenos Aires, Santiago de Chile y Asunción. El bullicio lo empujaría hacia arriba. La cantidad de gente lo asustaría, y se arrepentiría de haberse equivocado en bajar. No queda un solo espacio libre en el piso, y menos en estos sillones de descarte convertidos en triunfo por los que logramos obtener uno.
Hacinados. No me sorprendo, una vez más llegué temprano a la terminal, para sortear el apocalíptico consejo de salir temprano de la oficina los viernes, y una vez más mi vuelo se retrasa. Cuando oigo el murmullo consensuado de quejas, caigo en la cuenta que no soy el único. Seguramente, el vuelo a Madrid ocupa nuestro lugar. Así es, última llamada para abordar pasajeros a la ciudad española. Si pudiera, me resignaría. El lugar está colmado, de negocios no logrados, de éxitos conseguidos, de auditores exhaustos, de esquiadores expertos, de jóvenes mieleros, de familias en viaje. Y hay chicos, muchos chicos. Quizás no tantos, pero son tan revoltosos que parecen un millar. ¿Todos durmieron siesta hoy? Inocentes criaturas que la noche no logra vencer. Se esparcen como confites que caen al suelo. Los padres convierten sus sentidos en radares y los llaman con firmeza, alimentando la bulla generalizada. Y vuelven, a buscar otra galletita y vuelven a irse, a correr, a saltar. ¿Quién pudiera volver a ser chico?

Al que sí el sueño le ganó la pulseada es al gran hombre de negocios que tengo en frente mío. Enorme y obeso. Su panza apenas deja espacio para el maletín. Tiene los brazos apoyados sobre el portafolios. Enorme también su reloj, armónico con él. Si estuviera despierto le daría unos consejos sobre alimentación sana, pero duerme o dormita, no lo sé. Se cae un nene, el rubiecito endiablado que le pega a los demás. Grita, llora un dolor que seguro no es tal. El gordo de los mil negocios se sobresalta, se despierta. Me mira, observa la mancha de salsa en mi pulóver, se sonríe, y se vuelve a dormir, quizás pensando que si no tuviera sueño me aconsejaría cómo comer.

Encimados, todos, pero en especial la pareja de mieleros. Imagino que serán mieleros, porque se ven como siameses. Desconozco si hay un momento tan especial en la vida de todo matrimonio como la luna de miel. En mi caso eso quedó muy atrás en el tiempo, pero sí recuerdo que la pasamos muy bien. La noche que nos casamos llovió como para no parar nunca más, y casi fue así, porque al volver de las doradas playas de Punta Cana seguía lloviendo como aquella noche, y no había cesado en toda la semana. Ahora estos dos jóvenes no sé si van o vuelven. Si tan solo hablaran podría adivinar de donde son, pero hoy se comunican en el lenguaje del cariño y la pasión. Él está blanco papel, por lo que estarían saliendo, pero ella tiene un color café con leche brilloso que solo se consigue con el sol del Caribe o del Norte de Brasil. Vuelven, sí. Él es albino y seguirá sus días a la luz artificial de un cubículo donde la única oportunidad de ver la luz del día es salir a fumar a la calle. ¡Qué manera de besarse! Ni mieleros deben ser, son novios en primeras vacaciones juntos. ¡Ey!, eso pasa los límites del horario de protección al menor. Con lo que se ve en estos días por televisión, la frase es un desacierto. ¿Quién pudiera volver a tener esa pasión?

Amontonados, ni ganas de ir al baño. Bueno, ganas sí, pero es preferible no perder el asientito. Por más viejo e incómodo que sea, es mejor que el piso. Me incorporo, estaba encorvado como un signo de interrogación, pongo la espalda derecha. ¡Uy! Vaya a saber uno cuántas vértebras sonaron. Comienzo a dudar si no conviene ir al baño y sentarse luego en el piso. Esta butaquita me está matando. ¿Cómo hace el gordo para dormir? Primero habría que preguntar cómo logró sentarse.

También están los lectores. Siempre intento verles el libro (grande, gordo, de bolsillo), el tópico (novela, autoayuda, economía) y si lo leí o no. Soy el juez que determina si el libro se corresponde con quien lo lee. Más de una vez me tenté en acercar e intercambiar opiniones o en pedir recomendaciones, pero nunca lo hice. Un hombre, que por edad podría ser mi padre, lee El último lector de Ricardo Piglia. Según confesión del autor, el más íntimo que haya escrito. Sigue una línea propia de escritores y personajes que leen o poseen libros, una correlación natural que volcó en su texto. Empieza mi juego. Leí el libro, el juzgamiento está justificado. Me gustó, el examen será con más rigor. Hay tiempo, la prueba será minuciosa. El juzgado es argentino, no tengo dudas, su vestimenta concuerda perfectamente con esos empresarios de buen vestir y mejor pasar que cómodamente viven en algún semipiso de Belgrano o en cualquier country de Pilar. De niño habrá tenido esa vida dura, de padres inmigrantes, forjadores de esa conducta del trabajo, del esfuerzo. Sin que falte ni sobre nada. Y hoy, quizás sea abuelo, de nietos inundados de regalos a los que puede malcriar. Aunque solo en fines de semana, porque de lunes a viernes debe pelear como león en las junglas de Buenos Aires, San Pablo o la ciudad a donde los negocios lo lleven. Lee con las piernas cruzadas, una clara posición de vida relajada, o mejor dicho de momento relajado. Ileso y ganador en la jungla paulista, habrá cerrado algún trato importante. De otro modo estaría revisando en su computador portátil, una y otra vez, las variables que no resultaron como planeado. De premio se regala esta paz que logra una buena lectura, inclusive en medio de esta otra selva, que es este aeropuerto. Los niños gritan más fuerte que nunca, y el hombre no se distrae del tesoro que disfruta. El entorno simplemente desaparece y se pueden consumir horas que apenas si parecen un instante. Hay textos que logran eso, te atrapan hasta el final de cada párrafo, quedás preso, y salís libre al comenzar el párrafo siguiente, y allí te atrapan de nuevo. Ya podría adelantar el veredicto, pero no quiero, no tan rápido. Aunque, el perfil da para aprobarlo. Pisando los sesenta, o apenas superados, seguro leyó los libros mencionados en el de hoy, y de tanto en tanto con su cabeza asiente con el autor. Así las cosas, lo apruebo, más que eso, se gana un sobresaliente y me pregunto si en el futuro podría ser como él.
Me sonrío, en contraste con tantas caras largas de tan larga espera, me sonrío. Resignado a la voluntad de este aeropuerto, me sonrío. Y más cuando veo cómo escribe el que está a mi lado. Por favor, ¡qué caligrafía! Si no es médico es farmacéutico. Muy rara vez uno ve la letra de los farmacéuticos, pero si son capaces de leer las recetas es porque escriben igual que los doctores. ¡Con qué pasión escribe! Pero no se entiende si son letras, números o jeroglíficos. Si yo no estuviera escribiendo, le prestaría la notebook. Su texto sería legible en la legendaria Times New Roman 12 o en la típica Arial 11.

–¿Joven? ¿Me permite un comentario?
¡Eh! ¿Me habló a mí? –Sí, dígame.– le respondo un poco confundido, un poco sobresaltado.
–Recordará usted cómo se extrañaba Kafka al saber que algunos escritores mecanografiaban sus escritos, ya que para él la escritura de puño y letra configuraba el fluir natural del cuerpo, y que las ruidosas y frías teclas de las máquinas de escribir tan sólo podían interrumpir ese flujo, me permito decir yo, mágico.
–Sí.– lanzo en forma certera y convincente. Justamente eso debe estar leyendo el empresario. –¿Pero por qué me lo dice? – inocentemente interrogo.
–Le aclaro que si yo soy el que está a su izquierda, recíprocamente usted es quien está a mi derecha. Su escrito se ve distante, frío en la pantalla, pero eso sí, prolijo, y sobre todo, legible.
Me habla con un tono parsimonioso, claro, modulando cada palabra como si me estuviera enseñando algo complejo. No atino a decir nada antes de que mi maestro continúe.
–No se incomode, solo le aconsejo que siga así.
–¿Así? No entiendo.– Realmente no le entiendo.
–Sí, así. Tiene usted el bosquejo de lo que denomino el triángulo de la escritura.–

Hace una pausa, quizás para darme una oportunidad de decirle que ya sé de que habla. Imagino que habrá leído en mi cara que no logro entender, por eso sigue:
–Un lado está formado por la capacidad y la paciencia de observar, de ver, de conjeturar. El segundo lado lo configura la lectura, de los clásicos de siempre y de los buenos de hoy. La base que sostiene a ambos y coadyuva a forjar a un escritor es la pasión. Pasión por contar, por entretener, por entretenerse. Por sentir, por trascender, por ser. A mi entender, usted la tiene. Sólo debe seguir delineando su triángulo.

LanChile anuncia su vuelo, Aerolíneas Argentinas el mío. Toma sus cosas y se apresta a formar fila en la puerta Cuatro A. Cierro la computadora, logro emitir un “Gracias”, mientras la fila de mi puerta Cuatro B ya tiene muchos pasajeros. Los que permanecen sentados saldrán más tarde con destino Asunción por la puerta Cuatro C.

2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Todavia no hay comentarios.

Esto es lo que me pasa con tu prosa: que, por un lado, haces un intento de comunicar tu interioridad. Pero por otro, utilizas construcciones y adjetivos artificiosos, o pacatos.
Ejemplo: rubiecito endiablado.

Cuando pensabas en ese chico, pensabas en "rubiecito endiablado"?

No abogo tampoco por un coloquialismo vulgar en la prosa.
Pero si es claro que tu sinceridad tematica se contrapone a cierta tendencia a morigerar tu lenguaje, a volverlo cortes.

Por supuesto, mi opinion es irrelevante, porque yo escribo mal.


Slds.

Aguijonmagico.

Wednesday, October 11, 2006  
Blogger Gabriel said...

Yo no creo que escribas mal, tampoco que tu opinión sea irrelevante, y esa tendencia de cortesía que vislumbrás sea un intento de agradar, quizás.

Gracias.

Saturday, October 14, 2006  

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